viernes, 25 de noviembre de 2016

Escribir no es tan malo

Con la profesión que tengo, raras son las veces en que escribir me saca a flote. Es un ejercicio que practico a menudo, pero lejos de papers técnicos, la escritura se queda sólo ahí.  
Como profesora me apasiono en la lectura estricta de los trabajos escritos y en que mis alumn@s formen y expresen sus propias opiniones. Es una labor difícil que sólo se ve recompensada con que al menos dos alumnos de cada grupo entiendan la diferencia entre un ensayo y hacer copy/paste. Eso sí, no pierdo las esperanzas.
Los días en la Facultad suceden rápido y las oportunidades de ir a la sala de maestros a saludar a los colegas o a leer junto a un café de maquinita son contadas. Pero un día me escapé, me fui a leer, revisar tareas y saludar a los amigos. "Cuenta - cuentos" decía un flyer sobre la mesa donde tod@s calificamos trabajos. Y me dije, es una oportunidad de echar el rollo y quien quita y gano algo.
¡Y que voy ganando un disco duro de 2 TB! y ¿cómo ando? pues sonriente. Lo gracioso de todo es que ayer mis alumn@s de Evaluación de Proyectos me pidieron les leyera el cuento... y sólo dos le entendieron. Uno de ellos me dijo, sabe maestra, lo bueno es que el jurado si le entendió, no batalle con nosotros. (Fin del chiste).



Con todo esto he recordado las palabras de una colega y amiga del norte: "mi pechito no es bodega" y viéndolo así, tenía una gran bola de palabras qué decir y en Amuleto se juntaron una buena parte.

Aquí les dejo mi cuento y quienes me conocen, sabrán que hay algo de realidad dentro de tanta ficción.

Mientras, continuaré así: 😃

A.

Amuleto

Yo no entiendo porqué estoy aquí. Soy inocente, tal vez se confundieron. Pero bueno, le contaré todo lo que soy para que me deje ir. Llegué a la ciudad hace diez años. Usted sabe cómo son las cosas cuando uno viaja. Tenía venticinco años y ni un peso. Me vi durmiendo en la banqueta durante un mes hasta que conseguí trabajo de conserje en un edificio del centro. El trabajo era sencillo, no había mucha gente y la que había, no daba problemas. Poco a poco los conocí a todos y cada uno, tanto, que me enteraba de sus enredos. No todos tenían trabajos legales, digamos, sino que como uno, sólo trabajaban para sobrevivir. Eran buenas personas. Algunos de ellos, fueron los primeros en quienes confié. El que más confianza me daba era Ramón, un sesentón que se encargaba del mantenimiento del edificio. Se autodefinía como todólogo y se sentía poderoso por tener acceso a un cuartito donde resguardaba tesoros: herramientas, cables, focos, una tv con radio, una parilla eléctrica y un sofá-cama que vivía tiempo extra. En realidad, mis mejores tiempos de conserje se dieron en esa covacha, las pláticas con Ramón mezcladas con café soluble fueron una especie de terapia que detonaron que me la creyera y pudiera ser ese otro yo tan espontáneo que siempre quise ser. Un día me tocó trabajar hasta la madrugada arreglando unas tuberías, esa noche noté algo extraño. Junto al cuarto que estaba arreglando, escuchaba la voz de Ramón como rezando, no sé si me explico, como plegarias raras. Espié por el agujero de la tubería y Ramón estaba en pleno sahumo, con veladoras formadas en círculo en el cuarto de la Sra. Matilde, quien sentada con los ojos cerrados, escurría lágrimas mientras Ramón invocaba al Sr. Adolfo, el marido muerto. Pasaron los días y no se me borraba la imagen de Ramón vestido como El Santo, pero sin máscara. Sí, como El Santo, traía una capa plateada y cosas brillosas en la camisa. Los ojos aguzados de una manera que convencían a cualquiera que él sabía el secreto de los mundos, tanto de éste como del otro. La neta, oficial, yo estaba bien sacado de onda con esto y me daba pena preguntarle al Ramón qué onda con eso que había visto. Así que un día mientras veíamos el resumen deportivo en la tele vieja, dejé mi café en la mesa y me fui al grano. Le dije, ¿qué tranza Ramón, a poco le haces a la brujería? El viejo me respondió con evasivas y me dijo que metiera la nariz en mis broncas, incluso me recordó que ya se me había vencido el permiso en el país y que mejor no estuviera fregando, que capaz me deportaban. Yo traté de tranquilizarlo, que no era para tanto, que cuando estaba arreglando las tuberías, había visto parte del ritual y que sólo era curiosidad y respeto, porque usted ha de saber, oficial, de donde yo soy estas vainas no se toman a la ligera, no señor. Pasaron los días y el Ramón me hizo la ley del hielo. Yo pasaba como no queriendo la cosa limpiando por la covacha y el don me ignoraba. Nada de café, ni tele, mucho menos escuchar en el radio las noticias. La puerta estaba cerrada y así pasaron dos semanas. Un día sin más ni más, me encontraba encaramado limpiando los ventanales y que pasa el Ramón. Me vio con desdén y me dijo, Mijo, véngase a comer conmigo. Si tanto quieres saber, hoy es el día. Yo ya estoy viejo y es tiempo que alguien herede lo que sé. De ahí pa’lante todos los días iba al trabajo con una motivación extra, ya no sólo era ir a trabajar para pagar el cuarto de azotea que alquilaba y los gustitos que todo hombre se debe dar, iba con devoción a aprender todo lo que Ramón tenía que enseñarme. Dedicábamos hasta dos horas diarias a la mística, las uniones, los amarres y desamarres, porque todo tiene forma de atar y desatar, sí, no me vea así porque si pasa, es que a usted nadie le ha querido hacer daño aún, eso se ve, desde aquí mero yo lo estoy viendo y usted ta limpio. Recuerdo que para mis lecciones finales, Ramón se veía deslucido y esos ojos tan vivos se fueron apagando. Hicimos un ritual donde me explicó cómo contactarnos con el otro mundo, yo estaba tembeleque y asustado, jugar con los muertos es otro boleto para el cual yo estaba muy verde y Ramón, demasiado experto. Aguanté el rito y aunque sudaba frío, Ramón me puso la capa plateada y me dijo, si pudiste con esto, podrás con todo lo que viene. Recuerda, me dijo, que esto es un don que te estoy traspasando, no abuses de él, ahora viene el tiempo del silencio. Y así, cuando Ramón se nos fue, yo seguí atendiendo a la Sra. Matilde y no sólo a ella, sino a varias personas del edificio. Ramón les dejó dicho que yo seguiría a cargo y así fue, seguí siendo el conserje y chamán al mismo tiempo. Yo no cobraba, señor oficial, mire que esto es una gracia que no cualquiera puede tener, por lo tanto, yo sólo aceptaba lo que la gente me quería dar y que en su mayoría lo hacían de agradecimiento por el favor recibido. Yo se lo aclaro porque tal vez me levantaron, porque me andan echando la culpa de cosas que no hice, yo sólo tengo facultades distintas y hay gente envidiosa que lo malinterpreta. Pero bueno, le sigo contando, el chiste es que pude sentirme estable. Ya podía mandar dinero pa mi casa y había regularizado mis papeles. Por esos días llegó el hijo de la Sra. Matilde a una de las sesiones de espiritismo que teníamos cada semana, fue una sesión irregular porque la señora quería que el hijo sintiera a su padre. El chamaco ese estaba escéptico, usted sabe, de esos que creen que se la saben de todas todas. Yo me puse algo nervioso, así que la sesión no salió como siempre, esta vez don Adolfo nomás no quiso hacerse presente. Doña Matilde lloraba y el hijo me rompió el hocico de varios puñetazos mientras me gritoneaba que era un charlatán y que me acusaría con la policía. Le respondí que si tan charlatán era, eso sí muertísimo de miedo, que no se atreviera a jugar el número 1908 el viernes siguiente en la lotería, lo cual me daba tiempo para moverme del edificio. A todo esto, el 1908 se me ocurrió, oficial, porque mientras me daban tremenda tranquiza vi el reloj de pared de doña Matilde que señalaba justo esa hora. Así pasé los días, pensando que hasta aquí llegó mi época de chamán, y no sólo eso, que recién había arreglado mis papeles y que por estafa todo se echaría a perder. Decidido, arreglé mis cosas para irme a donde fuera, realmente no quería arriesgarme más, ya tenía suficiente con la golpiza. Recogí mi herramienta, fui a la covacha a ordenar las esencias de los ritos y no dejar rastro, cuando en eso, me llama doña Matilde que tenía una fuga de gas. Me dije, debo atender a la señora puesto que nadie sabe que me iré, así no se levantan sospechas de que esa noche me iba. Fui a su departamento, esta vez no como chamán sino como conserje. Arreglando estaba la tubería del baño, cuando de repente sólo veo una luz. Al día siguiente desperté en el hospital público de la colonia. Tenía la cabeza vendada, un ojo tapado con gasas, mi mano y pierna derecha, enyesadas, con decirle que el doctor dijo que había tenido mucha suerte al sólo haber perdido un poco de pelo con la explosión. De remate, perdí la audición en mi oído izquierdo. Así que imagínese, estaba resignado a aceptar las consecuencias, ni moverme podía. Eso sí, doña Matilde no se me despegó ni un solo minuto, no sé si por remordimiento o qué, pero ahí estuvo. Y así llegó el viernes y que cae el 1908. Cómo lo supe, porque el hijo de doña Matilde, le llamó diciendo que había comprado el billete de lotería. Si le digo, esto es un don, no cualquiera. Me trasladaron a un hospital privado y Adolfito me dio un porcentaje de su premio. No podía ser de otra forma, dijo él, y yo que lo creía charlatán, pero algo me dijo que le creyera, al menos le di la oportunidad, si no ya estaría muerto, me dijo riendo. El resto ya es historia, señor oficial, usted me conoce si soy refamoso. Tengo comerciales, salgo en la tele, vendo pulseras cargadas de energía, hasta las famosas y los futbolistas me consultan. Digamos que fue una época de bonanza. Fueron los tres mejores años de mi vida. Pero como todo lo que empieza tiene que acabar, yo ya había pensado en retirarme, ya había juntado lo suficiente para hacerlo. Pero, Adolfito me pidió un último favor y cómo no iba a acceder, me pidió que fuera a su rancho a curar las tierras donde iniciaría un nuevo proyecto. Sí, señor oficial, así me dijo, nuevo proyecto y quién sabe qué cosa se traía. Fui, hice la limpia, para cuando terminé, el muy desgraciado me dijo que yo era su amuleto y que nada de que me iba, que me quedaba en el rancho, que a mí nadie me iba a extrañar, total yo era fuereño, que ni familia tenía y aparte yo ya me estaba retirando, ahora viene el tiempo del silencio. Me retuvieron y me instalaron en una chocita, mis cosas fueron llegando poco a poco y me di cuenta que Adolfito no se andaba con rodeos y que era poderoso. No creerás tú que me hice rico con el premio, verdad, me dijo. Fue sólo una calada, mis negocios son otros. Y te quedas conmigo te guste o no, porque con mi suerte no voy a jugar. Y así pasé el último año, ni siquiera lo veía. Me levantaba, tenía comida y todas las comodidades, era un buen retiro de la época de chamán. Pero yo tengo 35 años, quiero hacer otras cosas. Un día noté que ni guardias tenía, nadie se daría cuenta de mi partida. Así que caminé y caminé y salí del rancho. Y llevo caminando un mes, señor oficial, hasta que ustedes me levantaron. Comía de lo que me daba la gente y me aseaba donde podía, estar encerrado de verdad que me dejó mal. Por eso tan sólo quiero recoger mis cosas e irme a mi país, esto ya ha sido mucho. Aún soy joven, puedo volver a mi pueblo y recomenzar. Quiero dejar atrás este período de encierro, le juro oficial, es un demonio ese hombre. Yo que ustedes, voy a ese rancho a averiguar qué es lo que hacen. Yo soy buena persona, de verdad, tal vez todo esto fue un accidente, pero no quiero volver, en serio, déjenme seguir mi rumbo. Yo conseguiré la forma de irme de este país lo más rápido posible.
En ese momento se abrió la puerta y pareció Adolfo.

-    - ¿Qué, creías que te ibas a escapar?, te dije que no abusaras, ahora viene el tiempo del silencio, dijo con la voz de Ramón.

A.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Alumbre / alumbrar / ¿dar a luz? No, es un play-doh para pobres

Estaba yo, siendo muy normal, cuando fui por Cam a la guardería.

Todo era hermoso casi primaveral, no estaba haciendo calor ni frío. La capital de este país, en realidad es benigna comparada con los calorones de Sonora, Tabasco o Monterrey a los que estaba acostumbrada. Así que sólo el gruñimiento de tripas debía aguantar, dar clases los jueves me deja realmente agotada y esta vez el licuado de avena que la hace cual espinaca a Popeye, había perdido efecto. Tomé a la gordita y nos encaramamos en un taxi directo a casa. Abro la libreta donde le anotan todo lo que hace (cuando digo todo lo que hace, incluso me refiero a lo escatológico. sí, todooooo). Un emblemita con carita feliz decía:

"Mamita, para mañana traer ALUMBRE. 
3 cucharadas en polvo para elaborar material para actividad importante".

¿Qué rayos es el alumbre? Los chilangos a todo le cambian el nombre, pensé. Le hablé a mi santa madre que todo sabe y nada, el alumbre no es parte de su repertorio. En mi afán por ser una mujer responsable con su hija, postergo mis alimentos para dar con el famoso alumbre. Fíjense en estas imágenes:

No es piedra/crack. Es alumbre.
 En esa presentación la pedía la loca maestra sin quehacer.
Sirve para todo, incluso desodorante, pie apestoso, aclarar el agua y hasta para exfoliación. 
Es tipo la uña de gato de los noventas.

Su descripción de la santa Wikipedia: Se conoce como alumbre a un tipo de sulfato triple compuesto por el sulfato de un metal trivalente, como el aluminio, y otro de un metal monovalente. También se pueden crear dos soluciones: una solución saturada en caliente y una solución saturada en frío. Generalmente se refiere al alumbre potásico KAl(SO4)2·12H2O (o a su equivalente natural, la calinita). Una característica destacable de los alumbres es que son equimoleculares, porque por cada molécula de sulfato de aluminio hay una molécula de sulfato del otro metal, y cristalizan hidratados con 12 moléculas de agua en un sistema cúbico.

Se apantallaron, ¿verdá?

Pues acá en una famosa droguería se solucionó la cosa, es realmente barato y tiene varios usos. Una vez hallado el alumbre, devoré parte de la papilla de la gordita para el día siguiente y así, Cam llevó su bolsa de piedras transparentes, al mero estilo de Walt de Breaking Bad, pero volvió con una masita tipo play-doh roja, mucha felicidad por jugar con su masa extraña y el mameluco, tenis y hasta el pelo embarrado de su creación (¬¬).

¿Que cómo me ha ido con la clases? ¡Les tocó exponer! Uff.

En el próximo post les cuento peripecias de mis alumnos.  

Abrazos repartidos y a quienes me entiendan, pues les retequiero más.

A.