Con la profesión que tengo, raras son las veces en que escribir me saca a flote. Es un ejercicio que practico a menudo, pero lejos de papers técnicos, la escritura se queda sólo ahí.
Como profesora me apasiono en la lectura estricta de los trabajos escritos y en que mis alumn@s formen y expresen sus propias opiniones. Es una labor difícil que sólo se ve recompensada con que al menos dos alumnos de cada grupo entiendan la diferencia entre un ensayo y hacer copy/paste. Eso sí, no pierdo las esperanzas.
Los días en la Facultad suceden rápido y las oportunidades de ir a la sala de maestros a saludar a los colegas o a leer junto a un café de maquinita son contadas. Pero un día me escapé, me fui a leer, revisar tareas y saludar a los amigos. "Cuenta - cuentos" decía un flyer sobre la mesa donde tod@s calificamos trabajos. Y me dije, es una oportunidad de echar el rollo y quien quita y gano algo.
¡Y que voy ganando un disco duro de 2 TB! y ¿cómo ando? pues sonriente. Lo gracioso de todo es que ayer mis alumn@s de Evaluación de Proyectos me pidieron les leyera el cuento... y sólo dos le entendieron. Uno de ellos me dijo, sabe maestra, lo bueno es que el jurado si le entendió, no batalle con nosotros. (Fin del chiste).
Con todo esto he recordado las palabras de una colega y amiga del norte: "mi pechito no es bodega" y viéndolo así, tenía una gran bola de palabras qué decir y en Amuleto se juntaron una buena parte.
Aquí les dejo mi cuento y quienes me conocen, sabrán que hay algo de realidad dentro de tanta ficción.
Aquí les dejo mi cuento y quienes me conocen, sabrán que hay algo de realidad dentro de tanta ficción.
Mientras, continuaré así: 😃
A.
Amuleto
Yo no
entiendo porqué estoy aquí. Soy inocente, tal vez se confundieron. Pero bueno,
le contaré todo lo que soy para que me deje ir. Llegué a la ciudad hace diez
años. Usted sabe cómo son las cosas cuando uno viaja. Tenía venticinco años y
ni un peso. Me vi durmiendo en la banqueta durante un mes hasta que conseguí
trabajo de conserje en un edificio del centro. El trabajo era sencillo, no
había mucha gente y la que había, no daba problemas. Poco a poco los conocí a
todos y cada uno, tanto, que me enteraba de sus enredos. No todos tenían
trabajos legales, digamos, sino que como uno, sólo trabajaban para sobrevivir.
Eran buenas personas. Algunos de ellos, fueron los primeros en quienes confié. El
que más confianza me daba era Ramón, un sesentón que se encargaba del
mantenimiento del edificio. Se autodefinía como todólogo y se sentía poderoso
por tener acceso a un cuartito donde resguardaba tesoros: herramientas, cables,
focos, una tv con radio, una parilla eléctrica y un sofá-cama que vivía tiempo
extra. En realidad, mis mejores tiempos de conserje se dieron en esa covacha,
las pláticas con Ramón mezcladas con café soluble fueron una especie de terapia
que detonaron que me la creyera y pudiera ser ese otro yo tan espontáneo que siempre
quise ser. Un día me tocó trabajar hasta la madrugada arreglando unas tuberías,
esa noche noté algo extraño. Junto al cuarto que estaba arreglando, escuchaba
la voz de Ramón como rezando, no sé si me explico, como plegarias raras. Espié
por el agujero de la tubería y Ramón estaba en pleno sahumo, con veladoras
formadas en círculo en el cuarto de la Sra. Matilde, quien sentada con los ojos
cerrados, escurría lágrimas mientras Ramón invocaba al Sr. Adolfo, el marido
muerto. Pasaron los días y no se me borraba la imagen de Ramón vestido como El
Santo, pero sin máscara. Sí, como El Santo, traía una capa plateada y cosas
brillosas en la camisa. Los ojos aguzados de una manera que convencían a
cualquiera que él sabía el secreto de los mundos, tanto de éste como del otro. La
neta, oficial, yo estaba bien sacado
de onda con esto y me daba pena preguntarle al Ramón qué onda con eso que había
visto. Así que un día mientras veíamos el resumen deportivo en la tele vieja,
dejé mi café en la mesa y me fui al grano. Le dije, ¿qué tranza Ramón, a poco
le haces a la brujería? El viejo me respondió con evasivas y me dijo que
metiera la nariz en mis broncas, incluso me recordó que ya se me había vencido
el permiso en el país y que mejor no estuviera fregando, que capaz me
deportaban. Yo traté de tranquilizarlo, que no era para tanto, que cuando
estaba arreglando las tuberías, había visto parte del ritual y que sólo era
curiosidad y respeto, porque usted ha de saber, oficial, de donde yo soy estas vainas no se toman a la ligera, no
señor. Pasaron los días y el Ramón me hizo la ley del hielo. Yo pasaba como no
queriendo la cosa limpiando por la covacha y el don me ignoraba. Nada de café,
ni tele, mucho menos escuchar en el radio las noticias. La puerta estaba
cerrada y así pasaron dos semanas. Un día sin más ni más, me encontraba
encaramado limpiando los ventanales y que pasa el Ramón. Me vio con desdén y me
dijo, Mijo, véngase a comer conmigo.
Si tanto quieres saber, hoy es el día. Yo ya estoy viejo y es tiempo que
alguien herede lo que sé. De ahí pa’lante
todos los días iba al trabajo con una motivación extra, ya no sólo era ir a
trabajar para pagar el cuarto de azotea que alquilaba y los gustitos que todo
hombre se debe dar, iba con devoción a aprender todo lo que Ramón tenía que
enseñarme. Dedicábamos hasta dos horas diarias a la mística, las uniones, los
amarres y desamarres, porque todo tiene forma de atar y desatar, sí, no me vea
así porque si pasa, es que a usted nadie le ha querido hacer daño aún, eso se
ve, desde aquí mero yo lo estoy viendo y usted ta limpio. Recuerdo que para mis lecciones finales, Ramón se veía
deslucido y esos ojos tan vivos se fueron apagando. Hicimos un ritual donde me
explicó cómo contactarnos con el otro mundo, yo estaba tembeleque y asustado,
jugar con los muertos es otro boleto para el cual yo estaba muy verde y Ramón,
demasiado experto. Aguanté el rito y aunque sudaba frío, Ramón me puso la capa
plateada y me dijo, si pudiste con esto, podrás con todo lo que viene. Recuerda,
me dijo, que esto es un don que te estoy traspasando, no abuses de él, ahora
viene el tiempo del silencio. Y así, cuando Ramón se nos fue, yo seguí
atendiendo a la Sra. Matilde y no sólo a ella, sino a varias personas del
edificio. Ramón les dejó dicho que yo seguiría a cargo y así fue, seguí siendo
el conserje y chamán al mismo tiempo. Yo no cobraba, señor oficial, mire que
esto es una gracia que no cualquiera puede tener, por lo tanto, yo sólo
aceptaba lo que la gente me quería dar y que en su mayoría lo hacían de
agradecimiento por el favor recibido. Yo se lo aclaro porque tal vez me
levantaron, porque me andan echando la culpa de cosas que no hice, yo sólo
tengo facultades distintas y hay gente envidiosa que lo malinterpreta. Pero
bueno, le sigo contando, el chiste es que pude sentirme estable. Ya podía
mandar dinero pa mi casa y había
regularizado mis papeles. Por esos días llegó el hijo de la Sra. Matilde a una
de las sesiones de espiritismo que teníamos cada semana, fue una sesión
irregular porque la señora quería que el hijo sintiera a su padre. El chamaco
ese estaba escéptico, usted sabe, de esos que creen que se la saben de todas
todas. Yo me puse algo nervioso, así que la sesión no salió como siempre, esta
vez don Adolfo nomás no quiso hacerse presente. Doña Matilde lloraba y el hijo
me rompió el hocico de varios puñetazos mientras me gritoneaba que era un
charlatán y que me acusaría con la policía. Le respondí que si tan charlatán
era, eso sí muertísimo de miedo, que no se atreviera a jugar el número 1908 el
viernes siguiente en la lotería, lo cual me daba tiempo para moverme del
edificio. A todo esto, el 1908 se me ocurrió, oficial, porque mientras me daban
tremenda tranquiza vi el reloj de pared de doña Matilde que señalaba justo esa
hora. Así pasé los días, pensando que hasta aquí llegó mi época de chamán, y no
sólo eso, que recién había arreglado mis papeles y que por estafa todo se echaría
a perder. Decidido, arreglé mis cosas para irme a donde fuera, realmente no
quería arriesgarme más, ya tenía suficiente con la golpiza. Recogí mi
herramienta, fui a la covacha a ordenar las esencias de los ritos y no dejar
rastro, cuando en eso, me llama doña Matilde que tenía una fuga de gas. Me
dije, debo atender a la señora puesto que nadie sabe que me iré, así no se
levantan sospechas de que esa noche me iba. Fui a su departamento, esta vez no
como chamán sino como conserje. Arreglando estaba la tubería del baño, cuando
de repente sólo veo una luz. Al día siguiente desperté en el hospital público
de la colonia. Tenía la cabeza vendada, un ojo tapado con gasas, mi mano y
pierna derecha, enyesadas, con decirle que el doctor dijo que había tenido
mucha suerte al sólo haber perdido un poco de pelo con la explosión. De remate,
perdí la audición en mi oído izquierdo. Así que imagínese, estaba resignado a
aceptar las consecuencias, ni moverme podía. Eso sí, doña Matilde no se me
despegó ni un solo minuto, no sé si por remordimiento o qué, pero ahí estuvo. Y
así llegó el viernes y que cae el 1908. Cómo lo supe, porque el hijo de doña
Matilde, le llamó diciendo que había comprado el billete de lotería. Si le
digo, esto es un don, no cualquiera. Me trasladaron a un hospital privado y
Adolfito me dio un porcentaje de su premio. No podía ser de otra forma, dijo
él, y yo que lo creía charlatán, pero algo me dijo que le creyera, al menos le
di la oportunidad, si no ya estaría muerto, me dijo riendo. El resto ya es
historia, señor oficial, usted me conoce si soy refamoso. Tengo comerciales, salgo en la tele, vendo pulseras
cargadas de energía, hasta las famosas y los futbolistas me consultan. Digamos
que fue una época de bonanza. Fueron los tres mejores años de mi vida. Pero
como todo lo que empieza tiene que acabar, yo ya había pensado en retirarme, ya
había juntado lo suficiente para hacerlo. Pero, Adolfito me pidió un último
favor y cómo no iba a acceder, me pidió que fuera a su rancho a curar las
tierras donde iniciaría un nuevo proyecto. Sí, señor oficial, así me dijo,
nuevo proyecto y quién sabe qué cosa se traía. Fui, hice la limpia, para cuando
terminé, el muy desgraciado me dijo que yo era su amuleto y que nada de que me
iba, que me quedaba en el rancho, que a mí nadie me iba a extrañar, total yo
era fuereño, que ni familia tenía y aparte yo ya me estaba retirando, ahora
viene el tiempo del silencio. Me retuvieron y me instalaron en una chocita, mis
cosas fueron llegando poco a poco y me di cuenta que Adolfito no se andaba con
rodeos y que era poderoso. No creerás tú que me hice rico con el premio,
verdad, me dijo. Fue sólo una calada, mis negocios son otros. Y te quedas
conmigo te guste o no, porque con mi suerte no voy a jugar. Y así pasé el
último año, ni siquiera lo veía. Me levantaba, tenía comida y todas las
comodidades, era un buen retiro de la época de chamán. Pero yo tengo 35 años, quiero
hacer otras cosas. Un día noté que ni guardias tenía, nadie se daría cuenta de
mi partida. Así que caminé y caminé y salí del rancho. Y llevo caminando un
mes, señor oficial, hasta que ustedes me levantaron. Comía de lo que me daba la
gente y me aseaba donde podía, estar encerrado de verdad que me dejó mal. Por
eso tan sólo quiero recoger mis cosas e irme a mi país, esto ya ha sido mucho.
Aún soy joven, puedo volver a mi pueblo y recomenzar. Quiero dejar atrás este
período de encierro, le juro oficial, es un demonio ese hombre. Yo que ustedes,
voy a ese rancho a averiguar qué es lo que hacen. Yo soy buena persona, de
verdad, tal vez todo esto fue un accidente, pero no quiero volver, en serio,
déjenme seguir mi rumbo. Yo conseguiré la forma de irme de este país lo más
rápido posible.
En ese
momento se abrió la puerta y pareció Adolfo.
- - ¿Qué,
creías que te ibas a escapar?, te dije que no abusaras, ahora viene el tiempo
del silencio, dijo con la voz de Ramón.
A.




